Proyecto

En este proyecto podrán leer la Saga Híbrido, que contempla:
Rojo híbrido - Híbrido perfume - Híbrida traición
Híbrido Deseo - Híbrida Alianza - Híbrido Destino
Espero que disfruten tanto como yo he desfrutado escribiendo y que me cuenten que les parece.

¿Estás leyendo Híbrido Deseo?

sábado, 24 de marzo de 2012

Híbrido Deseo capítulo 10

Hola a todos! lamento la demora (eso es discurso de cada capítulo, lo siento). como ven en la encuesta no muchas personas respondieron, tomando en cuenta que se supone son 86 seguidores, pero no importa, lo importante era saber que alguien la leía. Espero de verdad algunos comentarios, me anima a escribir y los cap salen más rápido xD.

DÉCIMO CAPÍTULO
“la verdad es un castigo divino” 




Mónica vio a Javier entrar en la habitación del hospital, caminaba con los pies pesados, mientras se acercaba a la cama donde ella estaba. Dejó su libro a un lado, él venía a decirle la verdad de lo ocurrido, lo que su mente no quería recordar, y para entender todo debía olvidarse por completo de su novela de vampiros.

Javier se sentó junto a la cama en una silla que no estaba diseñada para un cuerpo tan corpulento como el de Javier.

—¿Estás segura que quieres saber la verdad? —le preguntó Javier, mientras los nervios aumentaban en la mente de Mónica y ella asentía sin dudarlo—. Porque si decides que no lo olvidarás todo, te lo prometo.
—No quiero olvidarlo, sé que algo tiene que ver, todo lo que está pasando, con mi padre y quiero encontrarlo, salvarlo de lo que sea que está ocurriendo.

—Esto es mucho más grande y peligroso que tus capacidades de salvar a tu padre.

—¡¿Dudas de mí?! —sabía que estaba siendo una niña, era obvio que Javier dudaba de ella cuando la había salvado dos veces de dios sabe qué cosa.

—No dudo de ti, más bien temo por lo que podrías encontrar en tu búsqueda.

Los ojos de Javier se encontraron con los de ella por primera vez desde que había llegado a la habitación, los tenía inyectados en sangre e hinchados, evidentemente había estado llorando y de sólo pensarlo el temor la asediaba ¿qué tan malo podía estar pasando?

—Recuerdas que nos hablaste de tu novela de vampiros —había intensidad en la mirada de Javier—. Pues es tu novela la clave en todo esto, estoy casi seguro.

—¿Idolatría? —pensó en su amada saga ¿qué tenía que ver con todo lo ocurrido.

—Que escribas de vampiros parece no haberle gustado a la Orden de la Cruces —¿Orden de las cruces? Aquello lo había escuchado antes—. Ellos viene tras de ti.

—¿Por qué vendría tras de mí alguien por una novela? es sólo una historia ficticia, a menos que alguien reclame su autoría, aunque eso sería blasfemia.

Javier se quedó en silencio un momento, sin quitarle los ojos de los propios, mientras Mónica sentía el ritmo de su respiración volverse inconstante.

—Pues si te dijera que no es tan ficticia como crees.

Mónica soltó una carcajada, no sabía cómo Javier conocía su novela, pero acertaba, no era tan ficticia como ella decía.

—Sí hablas de Nara enamorándose de un hombre al que apenas conoces, pues déjame decirte que yo no estoy enamorada de…

—No hablo de eso —la frenó Javier, al tiempo que sus mejillas se sonrojaban. Había estado a punto de soltar palabras que no debía—. Hablo de los vampiros Mónica, aquellos seres que tanto te fascinan existen y la Orden de las Cruces está en este mundo para cazarlos.

Su cabeza comenzó a dar vueltas mientras procesaba la información que Javier le había dicho.

Aquello no podía ser cierto, era irrisorio pensar que los vampiros existían y que había cazadores tras ellos. Aquello era tan estúpido como pensar que Javier era mayor de edad, pero él sí lo era.

—No pretendas asustarme —le dijo aun sin convencerse—. Escribo sobre vampiros, aquello no me da miedo.

Javier tomó su mano, mirándola a los ojos con intensidad, diciendo:

—Tienes que estar tranquila, jamás te haría daño.

Una sonrisa apareció en los labios de Javier, una que se notaba forzada, pero Mónica no tuvo tiempo de pensar en la razón del gesto de Javier. Sus ojos estaban pegados en aquellos enormes y filosos colmillos.

—Mierda —dijo soltándose del agarre de Javier. Pero su mirada no podía despegarse de los colmillos en la sonrisa de él.

Lo miró un momento, recordando entonces las burlas de Lucas diciendo que a Javier le apetecía la carne menos cocida. Entonces comprendió, el rubio muchacho no se refería a que Javier quisiera su carne más cruda, sino que él la prefería sin cocción.

Su cuerpo se tensó, estaba frente a un vampiro, uno que le había demostrado ser indefenso, pero que nada le aseguraba seguiría siendo así.

—Los vampiros existimos entre los humanos desde hace años —continuó Javier mientras Mónica no podía evitar alejarse de él temerosa—. Tranquila, no voy a dañarte.

—¿Cómo puedo estar segura de eso?

—No lo he hecho en todo este tiempo.

—Eso no me asegura que no has sido tú quien me ha atacado, nunca recuerdo lo que realmente ocurrió, podría haber sido cualquiera.

Vio las manos de Javier apretarse al tiempo que cerraba los ojos con fuerza.

—¡Recuerdas al ángel! ¡No puedes desconfiar de mí después de que te he salvado dos veces! ¡Después de que perdí a Elizabeth por ti!

¿Elizabeth? No recordaba haber escuchado su nombre antes, pero el dolor en los ojos de Javier la cegó. Él tenía sentimientos tan intensos por esa mujer, mucho más maravillosos que los que ella albergaba en secreto hacia…

Negó con la cabeza, casi no conocía a ese hombre que tenía al frente, tanto así que hasta ese momento recién se enteraba de su verdadera naturaleza. No podía permitirse desarrollar sentimientos por él cuando tenía a Adiel a su lado, cuando todo en su vida estaba volviéndose bueno.

—Quiero que anules la publicación de tu novela —la voz de Javier era más serena, pero sus palabras la perturbaron más que si estuviese gritándole.

—¡¿Qué?! —chilló.

—Como escuchaste. Quiero que anules la publicación de tu novela, es un peligro para ti y para todo mi clan.

¿Anular la publicación de Idolatría después de tres años escribiéndola e intentando que una editorial la aceptase? ¿Podría hacer eso? Perder ese pedacito de felicidad por darle en el gusto a un desconocido.

—Escúchame Mónica  —Javier tomó su hombro con suavidad, pero Mónica no quería su contacto—. No me gusta tener que decirte esto, pero tienes que dejar de publicar esa novela. Si el contrato tiene una multa por hacer esto yo la pago, pero debes mantenerte alejada de la mira de La Orden de la Cruces. Además… —Javier se quedó en silencio un momento, mientras Mónica sentía su respiración agitada. El miedo a él no había desaparecido— tienes que dejar la reserva.

Sus ojos se abrieron de par en par. Él le estaba pidiendo que dejara toda su vida, que se alejara de cada cosa que amaba con pasión. Abandonar su carrera, sus sueños.

—¿Cómo quieres que viva? —le preguntó tratando de hacerle ver que estaba pidiéndole mucho.

—¿Tu novio puede mantenerte no?

Aquello era verdad, no tenía cómo negarlo, Adiel contaba con dinero suficiente para mantenerla toda la vida si lo quería.

—Yo no quiero que él me mantenga.

—¡Mónica! —las manos de Javier se apretaron en sus muñecas con fuerza— Tienes que entender que para mí no es fácil, que quiero cuidarte de esas bestias tanto como pueda, pero que esto se ha vuelto demasiado peligroso para mi familia y siempre, escúchalo bien, mi familia siempre irá primero.

—¡No entiendo a qué te refieres!

—Mataron a Elizabeth por intentar salvarte. Aquella pequeña siempre fue como mi hermana. Así que si esto comienza a afectar a mi familia yo renuncio. Ve con Adiel, renuncia a la reserva y anula el contrato de publicación de tu novela. Hazlo para dejarme en paz por favor.

Javier se levantó de la silla. Su espalda estaba tensa y sus manos apretadas con tal fuerza, que Mónica se cuestionaba si su naturaleza vampírica era la que le mantenía las palmas intactas.

 —Siento tener que pedirte todo esto —dijo él dándole la espalda—. Sé que es difícil para ti, pero hazlo por favor.

Lo vio moverse nervioso y comenzar a caminar hacia la salida de la habitación. El pecho se le oprimió, no quería que Javier se alejase de esa manera, no quería que aquello terminase mal.

—¡Javier! —lo llamó, pero él no se volteó— ¡Javier, ayúdame a comprender todo esto!

Pero la puerta de la habitación se cerró antes de que terminara de hablar y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin saber si eran por conocer la loca y extraña verdad, o porque estaba perdiendo a Javier cuando poco a poco comenzaba a sentirse más y más atraída a su persona.

* * *

La velocidad de la moto de David no lograba calmar la rabia que lo estaba inundando, le había dicho la verdad a Mónica sólo para dejarla sola ante el peligro que significaba La Orden de las Cruces, pero ¿qué podía hacer él? ¿Cuidarla? No, aquello era trabajo de su novio y él  tenía poder suficiente para mantenerla segura, algo que él, un vampiro que a duras penas había logrado blandir una espada, no lograría ni con todas sus fuerzas. Pero aquello no le estaba haciendo las cosas más fáciles. Sí, era verdad lo que le había dicho a Mónica, su familia siempre estaría primero que ella y que cualquier otra cosa, pero dejarla tampoco le agrada, mucho menos cuando estaba comenzando a sentir que la chica era… ¿Alguien importante?

Frenó frente al caserón, escuchando las ruedas rugir contra el pavimento de la entrada. La lluvia no había cesado y le sorprendía no haberse accidentado por la velocidad a la que conducía.

Se apresuró a entrar. Todo mundo debía estar durmiendo, así que poco importaba si corría al interior o caminaba, pero aun así no quería quedarse afuera y tener la moto cerca con la oportunidad de tomarla, y volver al hospital para consolar las lágrimas que sabía Mónica debía estar derramando.

Abrió la puerta cuidado no hacer ruido, aunque poco importaba aquello en una casa de vampiros, ya todos debía haberlo escuchado.

Entonces, una vez adentro, escuchó sollozos desde la cocina. Era Martina, podía saberlo por su respirar, el que hacía por inercia desde que la había transformado. Se adentró en la casa, pasando el umbral hacia la cocina. Ahí estaba ella, sus codos en la mesa y las manos en el rostro, llorando silenciosamente.

—Martina —la llamó caminando hacia ella.

Martina levantó la vista hacia él, sus ojos estaban hinchados y completamente rojos, había dolor en ellos, tanto que el pecho se le oprimió y sus brazos se llenaron de deseos de abrazarla y contener sus lágrimas. Pero lo sabía, aquello debía hacerlo David, así como a Mónica debía cuidarla Adiel.

Suspiró, estaba condenado a vivir aquello desde que había puesto sus ojos en Julieta.

Caminó hacia Martina, ella sollozaba aun sin quitarle los ojos de encima, llena de suplicas que no comprendía, de deseos ocultos que no lograba descifrar.

—Sé que duele Martina, pero debes pensar que Elizabeth vivió mucho más que un humano promedio, y aunque el amor le fue esquivo tubo grandes amigos y fue feliz.

Sabía que estaba hablando demasiado rápidos y que la sonrisa de Martina le decía que estaba equivocado con sus palabras, pero quería consolarla y al mismo tiempo mantenerse al margen. ¿Quién lo entendería? Nadie.

—Sé que Elizabeth tuvo una vida plena Javier, pero me hace falta… —El silencio de Martina le hizo sentir que algo ocultaba ella— Sé que es tonto, pero yo aún me amparaba en ella para poder soportarlo todo y me hará falta su hombro y sus palabras de consuelo.

—¿Palabras de consuelo? —preguntó confundido. Había visto a Martina muy feliz en esos días ¿Qué consuelo necesitaba ella?

—Elizabeth era fuerte Javier, al igual de Julieta. Yo… yo soy débil y creo que de a poco me voy agotando de todo esto.

—¿De qué hablas?

—Nada importante —Martina desvió su mirada hacia la mesa, agregando—: ¿Y tú, dónde estabas?

No supo qué responderle, no quería decirle que había estado con Mónica pues ella le había pedido alejarse y al mismo tiempo quería averiguar de qué estaba hablando Martina, y para qué quería ella ser fuerte.

—¡¿Estabas con Mónica?! —la mirada de Martina volvió a encontrarse con sus ojos y esta vez fue la de él la que bajó al piso avergonzado— ¡Javier! ¿Qué no has tenido suficiente con la muerte de Elizabeth? ¿Qué más quieres conseguir siguiendo a esa chica a todos lado?

—Yo sólo le he contado la verdad, nada más que eso.

—¿Y luego qué? ¿Te irás tras ella nuevamente?

—Eso no te incumbe —le espetó enfadado. Ella no era quien para decirle qué hacer o dejar de hacer.
—¡Claro que me incumbe! Es nuestra familia Javier ¿Qué es más importante para ti?

—Tú —soltó sin pensar, viendo como los ojos de Martina se abrían de par en par— ¡Dios! Martina, sabes que tú sigues siendo lo más importante para mí, luego mi familia. Pero no puedes impedirme advertir a la chica, que ella esté informada de quienes la siguen y pueda ampararse en su loco novio ¡Que pueda protegerse y estar preparada!

—Me gustaría que esa chica fuera una mujer común y corriente. Sin la Orden siguiéndola, ni un novio a su lado. Así quizás te sacarías la loca idea de que sigues amándome de la cabeza.

Fue su turno para sorprenderse. Martina jamás le había hablado así antes, tan llena de rencor.

—Vete de una vez a dormir Javier y sácate de la cabeza a esa mujer, por nuestro bien, y a mí por el tuyo.

Martina se paró en silencio de la mesa, saliendo de la cocina mientras Javier apretaba las manos lleno de rabia. ¿Qué nadie entendía cuánto intentaba él olvidarse de Martina?
 
* * *

Sus ojos llorosos no se despegaban de la portada de su novela, aquellos labios sensuales tintados de rojo, con esos blancos y afilados colmillo sobresaliendo gracias al negro del cabello de la mujer, y el llamativo hilo de sangre rojo vino cayendo por su mentón. No lograba creer que esos seres fueran reales, que cada letra que leía en una novela podía de alguna manera resultar cierta.

Las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos y su respiración seguía siendo irregular. Se estaba volviendo loca tratando de averiguar sola la verdad sobre los vampiros, y el hecho de que su corazón pidiese una y otra vez por la presencia de uno de ellos, Javier, no ayudaba a su propósito de conseguir armar algo en su mente.

Había estado tentada a correr tras Javier, a detenerlo para seguir hablando, a abrazarlo y decirle que no se fuera. Pero ¿podía confiar en un vampiro? Apenas y sabía que esas criaturas existían.

La puerta se abrió en ese momento, mientras Mónica se secaba los ojos con fuerza, tratando de borrar de su rostro la evidencia de haber estado llorando, pero sus ojos hinchados la delatarían sin más.

Cuando logró concentrar su vista sin que su llanto le quitara la visión, vio a Adiel parado en la puerta, con un ramo de rosas rojas en los brazos y una expresión ilegible en su rostro.

—¿Él estuvo aquí? —preguntó Adiel.

“¿Qué acaso es adivino?” pensó mientras aguantaba la respiración sin saber qué responder.

—¿Te lo dijo cierto? ¿Te dijo sobre aquellas bestias? —sus ojos se abrieron bajo el asombro ¿Adiel hablaba de los vampiros?— ¡Maldito vampiro!

Adiel rugió enfadado, mientras el cuerpo de Mónica se contraía y la verdad llegaba a ella. Adiel lo sabía desde hacía mucho. Entonces él…

—¿Eres un vampiro? —le dijo pensando en lo extraño que siempre le había parecido su novio.

La expresión de Adiel fue amenazante, llena de asco, como si las palabras de Mónica fueran pecado.

—No amor, pero ese tipo lo es ¿por qué crees que te he dicho una y otra vez que te alejes de él? Es peligroso Mónica, los vampiros engañan, confunden la mente humana, confunden nuestra mente.

Dos cosas llegaron a la mente de Mónica, Adiel sabía mucho de vampiros, demasiado para un ser humano normal ¿sería él parte de La Orden de las Cruces? Imposible, su novio no estaría siguiéndola para matarla ¿o sí? Y por otro lado, Si Adiel decía la verdad y los vampiros eran capaces de todo lo que él profesaba ¿estaría Javier confundiéndola para hacerle creer en todos los sentimientos que estaba experimentando por él?

Lágrimas volvieron a surgir en sus ojos, pero esta vez no sabía por qué estaba llorando, si por su ignorancia a la  verdad de los vampiros o por la idea de que Javier estuviese usándola de una manera tan cruel.

Cuando su mente quería cerrarse a todo y deseaba despertar de un loco sueño que luego convertiría en novela, uno brazos la rodearon con fuerza. Adiel la abrazó a su pecho con añoranza y protección, cortando su respiración ante tantos sentimientos confusos en su mente.

Amaba a ese hombre, de aquello estaba segura, se había enamorado de él desde la primera vez en que se habían visto en la fiesta de la universidad y quería seguir a su lado. Pero al mismo tiempo todo lo nuevo que estaba experimentando la hacía temer por el futuro. Nada era real con Javier, él era un vampiro y cada una de sus palabras podía ser una mentira. Después de todo ¿por qué mentir no podía ser una estrategia para cazar a una buena presa?

—Tranquila —susurró Adiel acariciando su cabello con suavidad— tomemos tus cosas para llevarte a casa.

* * *

Su casa seguía tal cual la había dejado, sólo su cama armada le decía que Adiel había estado ahí, el resto seguía siendo el mismo pequeño desorden de días atrás.

Dejó que Adiel llevara su pequeña maleta hasta la habitación, mientras ella hervía un poco de agua para un café. Se sentó en la mesa de la cocina con su taza al frente y otra para Adiel en la silla junto a ella, viendo a su novio volver con la mano en su cabeza, revolviendo su cabello con nerviosismo.

—¿Qué fue lo que te dijo ese vampiro? —preguntó él con la voz tan baja que tuvo que esforzarse para oírlo.

—Él sólo me contó la verdad, me abrió los ojos a su existencia —respondió ella mientras sus manos se apretaban—. Pero, también me dijo que La Orden de las Cruces me sigue, que dejara mi trabajo y renunciase a publicar idolatría.

—¿Nada más? —había nerviosismo en la voz de Adiel.

—Nada más.

Él se quedó en silencio, sentándose a su lado y, bebiendo un poco del café, volvió a hablar:
—Respecto a la Orden, creo que ellos sí te siguen.

—¿Sabes algo de ellos? —preguntó sintiendo su vellos erizarse de sólo pensar en que alguien la estaba siguiendo para quién sabe qué.

—Sí, sólo sé lo mismo que tú. Matan vampiros, nos protegen de esos engendros.

—¿Cómo sabes de ellos?

—Mi padre los subvenciona. Pero no importa mucho el dinero que él les dé, si están detrás de ti será mejor obedecer al vampiro y que dejes el trabajo. La publicación, por mucho que odie esa novela, es tu sueño y no te lo quitaré. Pero sí te pido que no salgas sola a ninguna parte, yo iré contigo a todo, y renuncia a la reserva.

Mónica asintió, aquello sonaba sensato si debía protegerse de una loca organización secreta. Tomó la mano de Adiel, necesitaba sentirse protegida y junto a él sí podía.

—Vamos a la cama amor, ya es tarde y debes tener sueño —dijo él levantándola y llevándola hasta la habitación.

—No tengo sueño Adiel.

Una sonrisa se reflejó en el rostro de su novio. Lo necesitaba, quería olvidarse de todo, de los vampiros, de La Orden de la cruces y especialmente de Javier. 



domingo, 19 de febrero de 2012

Híbrido Deseo capítulo 9


Hola a todos!
Pat me pidió un cap pronto, pues aquí está xD. Es algo más corto que lo anteriores, pero creo que está lleno de emociones, así que compenso con eso. Por otro lado decir que algo me hace pensar que Pat es la única leyendo esta novela, o por lo menos la única que comenta, es así que para sacarme las duda he dejado una pequeña encuesta en la parte superior, para que respondan.


NOVENO CAPÍTULO
“Una fuerte tormenta se lleva las lágrimas” 



Lágrimas corrían por los ojos de Martina cuando salió de la cocina al patio de la casa. Su amiga se estaba muriendo y el verla así, con el rostro quemado al punto de irreconocible y la ropa deshecha, la había paralizado hasta que David remeció su brazo.

—Ve en busca de algunas amapolas —le había dicho él— trae las que puedas y las hechas en agua hirviendo por cinco minutos. Mientras se preparan llamas a Leo a la universidad, dile que pase por Catalia y que vuelvan a casa.

Martina tardó en procesar la información y asentir, saliendo al exterior. Estaba nublado, un día triste.

Si no fuera por aquellas horribles nubes negras no habrían vuelto temprano a casa. Aquel día tenían una sesión de fotos con Ricky, él había rogado que estuviera David con ella y éste queriendo ayudar a Martina había aceptado, pidiendo permiso en el trabajo. Pero cuando llegaron al lugar acordado se encontraron con que las nubes no dejaban tomar unas buenas fotos, así que Ricky los mandó de vuelta a casa.

Benditas nubes, si no fuera por ella Elizabeth ya estaría muerta y quizás Javier también lo estaría.

Apretó las manos recordado al tipo que había estado en la casa con ellos. Su olor le era repugnante, al punto de sentir arcadas cuando él pasó por su lado escapando de los golpes de David. Él olía a azufre, un olor a muerte que le revolvió el estómago.

Tomó el ramillete de amapolas más próximo a la casa, volviendo tan rápido como sus pies le permitían y, lanzando las flores en una olla, las mojó con agua hirviendo.

Sus manos tiritaban mientras esperaba los cinco minutos que David le había dicho. En la cocina aún estaban las marcas del fuego que había quemado el rostro de Elizabeth y todavía se apreciaba el desastre que había dejado aquel hombre al pelear con Javier y David. Su olor aún estaba impregnado en toda la cocina, eso y aquel extraño líquido negro que había dejado tras los golpes de David.

Los cinco minutos pasaron sin que de sus ojos dejasen de caer lágrimas. Tomó la olla con un trapo, vertiendo el líquido en una fuente de vidrio y agregándole algunos hielos para que enfriara. Eran las instrucciones de David.

Una vez el agua estuvo tibia tomó la fuente entre sus manos, volteándose para subir a la habitación donde estaba Elizabeth. Encontrándose con Javier parado en la entrada a la cocina.

—Yo lo llevo por ti, estás muy nerviosa —dijo él tomando la fuente de sus manos.

—Gracias —le respondió al tiempo que sus piernas salían disparadas a la habitación de Elizabeth.

Entró, el silencio era sepulcral, sólo roto por la respiración irregular de Elizabeth. David se volteó al escucharla, había lágrimas en sus ojos.

—Trajiste el agua —dijo él secándose las lágrimas y disimulando su dolor, pero Martina lo conocía mejor que cualquier otra persona.

—Yo la traigo –Javier entró en la habitación, dejando a Martina en el umbral de la puerta.

Javier entregó el agua a David, quien la tocó comprobando que ya estuviese fría. Entonces tomó un puñado de los pétalos de amapola, dejando que el agua escurriera un poco y comenzando a esparcirla por el rostro desfigurado de Elizabeth. La pequeña vampira se quejó, removiéndose en la cama, mientras David masajeaba lentamente las zonas heridas.

—¿Llamaste a Leo? —le susurró Javier tomando sus manos. Martina negó frenética, corriendo hasta el teléfono.

Marcó el número de Leo, escuchándolo contestar al tercer pitido. Le explicó que lo necesitaba en casa, que volviese pronto y que trajese a Catalia, aun sin comprender si sería buena idea que su amiga viese a Elizabeth.

Volvió entonces a la habitación, Javier la esperaba expectante por algo de información sobre Leo, pero Martina ya no tenía fuerzas para hablar, las lágrimas la habían enmudecido.

Sintió los brazos de Javier rodearlas, la misma paz que siempre había sentido a su lado, el mismo amor que alguna vez le había profesado y que ella no aceptó por David.

—Todo estará bien, lo prometo —susurró él acariciando su cabello.

—Todo estará bien cuando dejes de acercarte a esa mujer —Martina miró a Javier, su rostro parecía compungido—. No lo hago porque sea egoísta y quiera que sigas sintiendo todo lo que sé sientes por mí, lo hago porque esto se está volviendo muy peligroso para todos nosotros y no quiero que algo pase. Ya con que Elizabeth…

* * *

El silencio de Martina le dijo lo que ella pensaba, la pequeña vampira se estaba muriendo y todos lo sabían.

Volvió a abrazar a Martina, ella tenía toda a razón, no podía seguir acercándose a Mónica si las cosas a su lado ponían en peligro a su familia, y Adiel era suficiente peligro para ellos con ese poder suyo que hacía aparecer llamas espontaneas.

Pero aun así le debía la verdad a Mónica, se la había prometido y se la daría, Esperaría hasta que anocheciera y partiría a la clínica a verla.

La puerta se escuchó en el primer piso, pasos corriendo por el pasillo. Eran Leo y Catalia, podía saberlo por el sonido de su trote.

Los vio entrar en la habitación con la respiración entrecortada. Ambos abrieron los ojos de par en par al ver el estado de Elizabeth, ¿quién no? ella estaba totalmente desfigurada por las quemaduras.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Leo corriendo hasta David.

—Es muy largo de explicar ahora —respondió David aun esparciendo el ungüento en el rostro de Elizabeth—. Hagamos lo que hagamos ella va a morir…

—¡¿Cómo?! —Javier sintió su estómago contraerse, viendo el cuerpo de Elizabeth tirado en la cama medio respirando.

—Sí, hicimos esto para que no sufra tanto —explicó David señalando el agua en la fuente de vidrio—. Es por eso que pedí a Martina llamar a Leo y Catalia, creo que es necesario que Elizabeth se vaya al fin en paz.

Un grito de Catalia rompió el gélido ambiente. La menuda chica sostenía a Martina, quien había caído desmayada por la impresión.

David se levantó de la silla en la que estaba, caminando hasta Martina y tomándola en sus brazos miró a Catalia a los ojos.

—Ella aun lo ama y los sabes —dijo David sin quitarle los ojos de encima a Catalia—. Debes entender que ella lo amó desde que se conocieron, son muchos años para olvidarlo tan fácilmente. Perdónala pequeña, ella se merece morir en paz.

Catalia apretó las manos, aun había odio en su corazón, pero algo había cambiado en ella.

Ella caminó hasta Leo, tomando su mano con suavidad y volteándose para mirar a todos.

—Sólo denme un momento —dijo Catalia y todos comprendieron.

David tomó a Martina con suavidad, entre sus brazos, caminando hacia el exterior mientras Javier los seguía. Sabía muy bien que el momento de la vieja vampira había llegado a su fin y, antes de salir de la habitación, se volteó a mirarlas, susurrando un silencioso “adiós” al cerrar la puerta.

* * *

Catalia podía sentir sus manos tiritar, se sentía nerviosa, pero ¿cómo negarle el perdón a alguien que estaba muriendo?

Miró a la vampira, su rostro estaba completamente desfigurado por las quemaduras. No sabía muy bien qué era lo que había ocurrido, pero qué importaba en ese momento.

 Se sentó a un lado de la cama, tomando las manos de ella con suavidad, aplicándole el ungüento que David había dejado junto a la silla. La vampira abrió los ojos al contacto, aquellas ojos azules aún seguían siendo los mismos, vivos, tan cristalinos que lograba saber que ella pedía su perdón con tan sólo su mirada.

—Yo… —su voz era un quejido ronco y lleno de dolor— de verdad lo siento mucho, pero sabes que no me arrepiento, quizás sí por el dolor que le causé a él, pero… —ella tosió con dificultad, su respiración se hacía cada vez más dificultosa— yo lo amo.

—Lo sé —susurró Catalia borrándose los pensamientos que apretaban su estómago, ella no estaba tratando de dañarla con sus palabras, sólo intentaba irse en paz con todos.

Catalia continuó masajeando sus manos, las heridas eran realmente graves y era evidente que sus intentos de hacerla sufrir menos no surtían efecto. Ella se retorcía de dolor, sólo que sus movimientos era flojos por la debilidad de su cuerpo.

Sintió la mano de Leo en su hombro, él quería su momento con ella y Catalia no se lo negaría. Se levantó de la silla ofreciéndole el lugar a él, quien al instante lo ocupó tomando la mano de la pequeña vampira entre las de él.

—Todo estará bien ahora —susurró Leo—. Lo habíamos conversado muchas veces antes, este momento debe llegar para todos, es tiempo de dejar a la tierra libre de uno de nosotros y así que el espacio lo ocupe un nuevo humano.

Una sonrisa apareció en los quemados labios de Elizabeth, era evidente que aquella conversación había sido recurrente entre ellos en algún momento y Catalia sintió celos por los recuerdos que ellos compartían, pero ahora lo sabía, ella no podía borrar el pasado, estaba ahí y nada lo eliminaría. Sólo podía seguir adelante como la pequeña vampira lo había intentado y ella no se lo permitió.

Vio a Elizabeth apretar la mano de Leo con fuerza, la escuchó susurrar algo incompresible para su oído vampírico, era algo en otro idioma, alemán. Y luego un suspiro salió del cuerpo de la pequeña, el último…

Lágrimas recorrieron las mejillas de Catalia, al tiempo que tomaba la mano de Leo y lo ayudaba soltar la de Elizabeth, dejándola con suavidad sobre la cama, mientras que la veían convertirse en polvo como con los vampiros antiguos ocurría, desapareciendo de la cama para ser sólo tierra en ella.

—¿Qué dijo? —preguntó Catalia sólo por curiosidad.

—Nunca la dejes sola —respondió Leo con lágrimas en los ojos.

* * *

Lluvia comenzó a caer cuando salieron con los restos de Elizabeth en las manos de Leo. David ayudaba a caminar a Martina quien lloraba desconsolada, mientras que Catalia se sujetaba del brazo de su hermano.

Lucas había llegado poco tiempo antes de que salieran rumbo al cemeterio, viendo el desastre en la cocina sin preguntar, él ya lo sabía, él lo había leído en la mente de todos.

Javier vio al cielo, aún seguían esas feas nubes en él, sólo que esta vez pequeñas gotas comenzaron a caer de ellas.

Sintió lágrimas unirse a las gotas cayendo, eran sus lágrimas y las de todos mientras depositaban las cenizas de Elizabeth junto a la tumba de la hermana de Martina.

Había flores de amapolas por todos lados, estaban plantadas en la tumba, sabía muy bien que esa había sido Martina y que ella había pedido a Leo dejar las cenizas de Elizabeth ahí. El lugar perfecto.

Sabía también que ahí estaba las cenizas de Julieta, Martina se lo había contado cuando él preguntó por qué llevarían a Elizabeth ahí.

—Decidí que Julieta se merecía un lugar hermoso en el que Elizabeth pudiera visitarla cuando quisiera, y nosotros —miró a David mientras decía esto—. No soy rencorosa Javier y lo sabes, y creo que Elizabeth debe estar junto a su hermana.

Y así fue.

La tormenta cubrió todo el cementerio, mientras Javier veía las cenizas de Elizabeth mezclarse con la tierra de las amapolas.

Quizás Martina tenía razón, debía alejarse de Mónica por el bien de la familia.

Miró hacia el cielo sintiendo el agua limpiar sus lágrimas. No vería a alguien de su familia morir nuevamente por toda aquella situación, se alejaría de Mónica, pero primero le diría la verdad.

* * *

Corría en su auto a toda velocidad, el asfalto chirriaba bajo el contacto feroz de los neumáticos. La lluvia cegaba su avance, pero Adiel sabría muy bien cuando un auto estuviese cerca, él jamás había chocado antes y no lo haría ahora.

Cerró los ojos un momento, había matado a un vampiro después de tantos años sin hacerlo, pero su sed de venganza seguía ahí, viva como cuando matar a aquellas bestias había sido su vida.

Abrió los ojos, tantos años habían pasado desde que lucifer lo había expulsado, tantos que ya no los recordaba, pero su esencia de demonio jamás había desaparecido y sus deseos por matar a aquellos chupasangres nunca cesarían.

Recordaba bien por qué había sido expulsado; recordaba sus pómulos pronunciados, sus ojos azules enormes y los bellos cabellos castaños hondeados cayendo por sus armoniosos y voluptuosos pechos. Nunca se olvidaría de Enna.

La vampira era hermosa, más que ninguna mujer a la que hubiese conocido en sus cientos de años de existencia, y esa belleza lo había cegado.

Sabía muy bien que a los de su raza se les prohibía cualquier tipo de relación con aquellas bestias, pero aun así Adiel se había acercado a ella, cegado por su belleza.

Recordaba la forma en que su cuerpo deseaba al de la vampira, la sensación de sus besos y cómo cada parte de él ansiaba tocarla.

Así fue como terminó enfrascado en la cama con ella, disfrutando de su cuerpo, de la suavidad de su piel y de todas la sensaciones que el poseerla le traía.

Pero cuando el amanecer llegó Lucifer en persona pareció en su puerta.

Su cabello negro y largo hasta la cintura, su sonrisa ladeada de victoria y aquella piel morena que le daba la prestancia.

El miedo se apoderó de Adiel en ese momento, haciendo que su cuerpo tiritase por completo. Creyó  que terminaría muerto, que las llamas del infierno serían poco para torturarlo, pero las palabras de Lucifer fueron mucho peores.

—Si tanto te gusta follar a aquellas aberraciones —dijo él con su voz ronca y de temer—, pues entonces quédate en este mundo —y desapareció esfumándose como había aparecido.

La rabia lo cegó, la odiaba, ella lo había llevado al exilio, era su culpa que el infierno ya no lo aceptase en su reino.

Entonces la vio, recostada sobre las sábanas blancas de la cama que aquella noche habían compartido, durmiendo con un sueño que parecía ser placentero. Ella estaba contenta de haberle quitado todo.

Adiel no aguantó más y las llamas invadieron todo el apartamento en un abrir y cerrar de ojos, al tiempo que los gritos de la vampira corroían el sonido del crepitar del fuego. Era una zorra y se merecía todo el dolor que Adiel sabía le estaba provocando.

Cuando su mente volvió a reaccionar todo había sido consumido por las llamas y ya nada quedaba de Enna, la había matado.

Sus ojos se abrieron de par en par, no podía llorar, no era algo que un demonio pudiese hacer, pero el dolor invadía todo en él. La había perdido por el odio, aquel que siempre cegaba a los demonios y por el cual terminaban cometiendo errores de los que no se podía volver atrás.

El sonido de un claxon de camión lo despertó de sus recuerdos. Aun no podían salir lágrimas por la pérdida de Enna, ni el remordimiento por haberla asesinado desaparecía. Pero esta vez no perdería a Mónica, era la primera mujer de la que se había enamorado realmente desde que perdió a Enna, no dejaría que ese vampiro la alejase de él por nada.

* * *

Subió a la moto de David apenas llegaron a casa. Martina había intentado detenerlo, pero Javier ya estaba decidido. Cortaría cualquier lazo con Mónica ese mismo día.

Aceleró la motocicleta, la lluvia seguía cayendo estrepitosa a su alrededor, pero aun así continuó, sin importar que su cuerpo estuviese todo mojado.

Divisó el hospital a lo lejos, afortunadamente no había visto el auto de Adiel en ninguna parte del estacionamiento. No quería problemas, ya no, sólo estaba ahí para cumplir con su promesa a la chica, la verdad y se iría.

Entró en el edificio sintiéndose observado por las recepcionistas. Ellas cuchicheaban al tiempo que Javier se les acercaba.

“Si se ve sexy mojado con ropa ¿cómo será sin ella?” alcanzó a escuchar que una de ellas decía a su compañera, callándose cuando creyeron que él lograría escucharlas.

—Necesito saber si la señorita de la habitación dos nueve dos puede recibir visitas.

La mujer tecleó el número que Javier le dio, revisando la pantalla un momento.

—Ella está despierta, puede ir verla sin problemas, pero no creo que sea buena idea que entre moja…
Javier no se quedó a escuchar a la mujer, no tenía tiempo para secarse, debía hablar con Mónica antes de que Adiel apareciera, y deshacerse de los problemas que esa mujer había traído a su vida.

Subió hasta la habitación de Mónica, apresurando a sus piernas hasta la puerta de ella. Tocó dos veces antes de abrir.

Ahí estaba ella, sentada en su cama leyendo un libro, una novela de vampiros.

“Ironías de la vida” pensó.

Ella levantó la vista hasta él, abriendo los ojos de par en par.

—¡Javier! —chilló con los ojos como platos— ¿Qué haces aquí todo mojado?

—He venido a decirte la verdad.

 
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